martes, 17 de diciembre de 2019

SOFONISBA ANGUISSOLA



Pintora italiana. Perteneciente a una noble familia de Cremona, fue educada en la pintura junto a sus cinco hermanas. Primero, desde 1545 aproximadamente, estudió con Bernardino Campi, y con Bernardino Gatti a partir de 1549. Vasari visitó a la familia y dejó constancia de la preparación de Sofonisba tanto en la pintura como en el dibujo. Destacó en la realización de retratos, llevando a cabo un tipo de representación un tanto informal, en el que a menudo sus modelos desarrollan tareas aparentemente domésticas, acompañados de una serie de objetos que definen en mayor profundidad su personalidad. Ejemplo de ello encontramos en sus numerosos autorretratos en los que Sofonisba aparece leyendo, tocando algún instrumento musical o pintando; todos estos atributos son a la vez representaciones elocuentes de las actividades a las que está sujeto un noble de su rango.



 En sus primeras obras, se ha señalado la influencia de su maestro Campi, quien asimismo destacó por sus retratos. De Gatti, sin embargo, se ha hecho derivar la influencia de Correggio, que se dejaría sentir en Cremona a lo largo del siglo. Esta influencia parmesana matiza suavemente el acercamiento veraz a los objetos y materias que realiza Sofonisba, quien además insiste especialmente en el estudio psicológico de los modelos. Su actividad en Cremona también incluye pequeñas obras religiosas, realizadas con el objetivo de satisfacer un tipo de devoción privada. En 1559 fue invitada a la corte de Felipe II gracias a los oficios del duque de Alba y del duque de Sessa, gobernador de Milán. Trasladada a Madrid, ejerció de dama de compañía de la reina Isabel de Valois y continuó realizando retratos. Hacia 1571 se casó con Fabrizio de Moncada, hermano del virrey de Sicilia, adonde se dirigió seguidamente. Tras la muerte de su primer esposo, volvió a contraer matrimonio con el noble genovés Orazio Lomellino, y vivió entre Génova y Palermo. En esta última ciudad la visitó Anton van Dyck en 1624, retratándola en su cuaderno de viaje y anotando una edad de noventa y seis años que no la impedía conservar un genio sutil y ser capaz de discutir todavía sobre la pintura.




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